Acostumbran los funcionarios en España a responder, cuando casi todos van contra ellos, que si tan privilegiados os creéis que somos, ¿por qué no habéis opositado? Señalando así la índole resentida del que carga de cierta manera contra los funcionarios.
Pero con eso sólo se araña la superficie. Porque lo que ocurre es que la inmensa grey de los esclavos, el que más o el que menos, que para comer todos los días tristemente dependen de que la Iglesia o el Banquero o el Emprendedor de turno estén contentos con ellos, y por lo tanto nunca pueden decir lo que de verdad piensan porque entonces se quedarían en ayunas mortales--y hay que tener presente el hambre--, hasta el punto de que ya no sabemos ninguno lo que pensamos, o simplemente ya no pensamos, lógicamente no pueden tolerar la libertad del que vive del Estado, o sea, sirviendo a todos sin distinción.
Y es que el funcionario sólo tiene que trabajar para el común, lo cual ennoblece, por duro que sea, que lo es. Y no se ve obligado, para comer o respirar, a lamerle a Aznar, vaya usted a saber lo que Aznar le pida que le lama. Cosa esta última que, como todos comprenderán, tiene que abocar al suicidio, o al asesinato, depende del valor y de la claridad mental de cada uno.
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