Clemente Alejandrino se permitía amenazar de muerte y con el fuego eterno a los noctámbulos, a los que iban cantando borrachos por ahí en honor de Baco, y a las mujeres ligeras de cascos. Y además ponía estas caritativas amenazas suyas en boca de Heráclito, con la más absoluta desvergüenza. ¿No se estaba arriesgando a que le midieran el lomo con unas buenas estacas, Clemente Alejandrino?
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