Un mundo sin fracasos no sería un mundo real, antes bien la nada de los niños de Dios. Por eso tenemos religiones, entre otras muchas cosas, para transportarnos a la nada cuando son urgentes el hospital o las vacaciones. Y es que sólo nuestros fracasos nos pueden orientar para vivir realmente, esto es, luchando sin tregua contra el fracaso.
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