viernes, 11 de noviembre de 2011
La raíz de toda dignidad
Y de repente te descubres a ti mismo, en una capa muy profunda, y tan extraña que parece ser la última, la definitiva, o debería o merecería serlo. Y por supuesto no hay allí ningún ángel ni ningún idiota, pero tampoco monstruo alguno de esos que te cuentan, con las pulsiones bullendo dispuestas a devorarlo todo ("si es mujer me la follo, si es hombre lo mato"). Lo que vive en ese abismo es algo que no tiene nombre pero que eres tú, como avisó Saramago, algo que si da miedo es porque tiene que darlo, pero se trata de un miedo muy especial, extraño, eso que los alemanes llamarían Ehrfurcht y los ingleses awe, palabras que nosotros solemos traducir por temor reverencial. Por causa de haber vislumbrado vagamente a ese Algo, de haber tomado contacto con él de buenas a primeras, y por causa sobre todo del miedo tan raro que produce, tan solemne, desde ese mismo momento nos tenemos un inmenso respeto a nosotros mismos. Lo nunca visto, lo nunca siquiera imaginado. Y sabríamos por fin por qué es necesario, y tan natural, respetarse a sí mismo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario