martes, 4 de septiembre de 2012

Laguirre y Lamuerte

Los expertos en Laguirrelogía, cuyo número aumenta de año en año, reunidos en su último Congreso de Ciudad del Cabo, reflexionan y llegan a especular, pero partiendo en todo caso de los puros datos, sobre la absoluta incompatibilidad que se manifiesta una y otra vez entre Laguirre y Lamuerte. Como si de dos magnitudes inconmensurables se tratara, el agua y el aceite. Ni las balas en la India, ni el accidente aéreo de Móstoles (el helicóptero cayendo sobre el albero de la plaza de toros, magnífico símbolo del Partido como la modernidad que se estrella en la tradición), ni siquiera tampoco la más cruel de las enfermedades. Laguirre repele de sí a Lamuerte, y lo hace de una manera que llama la atención y despierta el pensamiento de todos sus admiradores, curiosos y bienintencionados como ella misma.
Hasta han llegado a recelar la inmortalidad de Laguirre. Que todos los humanos sean mortales no quiere decir que Laguirre tenga que serlo, ya se sabe que nosotros los científicos partimos de una disciplina mental escuetamente empirista ("si no lo veo no lo creo"), o si no de una filosofía de la ciencia popperiana en la que se admiten las conjeturas más audaces.
En ese caso, todo sería color de rosa, como el paraíso, nuestros tataranietos siendo mimados igual que nosotros sus ancestros por Laguirre eterna, sobre todo los profesores y los que piensan. ¡Queremos ese futuro! No es que Laguirre no se vaya, es que durará para siempre. Más que el uranio radiactivo: ¡Albricias, aleluya, alborozos!
Alguien en el Congreso de Ciudad del Cabo arriesgó incluso la idea de que Laguirre y Lamuerte son en realidad la misma persona, con su misma guadaña. Y no resulta tan descabellado como pueda parecer a primera vista, porque sólo Lamuerte sería de verdad inmortal.

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