Estos políticos y estas políticas nos recriminan con mirada torva de muy pocos amigos, como si se complacieran en que nos sintamos culpables de nuestros imperdonables pecados: hemos despilfarrado, como manirrotos contumaces que somos, hemos disfrutado durante años de un nivel de vida que no nos correspondía, perjudicando tanto a la pobre Banca...ahora ellos nos van a salvar de la única manera en que es toda salvación posible, o sea, dándonos nuestro merecido...nos vamos a acordar toda nuestra vida de ello pero servirá para no volver a caer en la sima en la que ahora nos debatimos.
Mientras tanto los curas se siguen congregando para advertirnos de que el hombre no puede disponer a su antojo de las cosas de la familia, o sea del sexo como Dios manda. Que es cosa de Dios ese crucial asunto, en una palabra, o sea de ellos, los curas, que nos lo van a seguir administrando. Y menos mal que la Casa Real no cejará en su dura tarea de dar ejemplo, para que podamos superar tanta contrariedad en la que nos habrían metido nuestros pecados.
Pero lo más sorprendente de todo es que la gente, en respetuoso silencio, se da la vuelta para encerrarse en la penumbra de sus casas como para hacer penitencia, verdaderamente contrita, sintiéndose culpable, pensando que todo esto tenía que pasar tarde o temprano. Por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa.
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