Cuando uno comprueba sin lugar a dudas que nadie reconoce lo que todos tienen delante con absoluta nitidez, e incluso unánimemente lo valoran como lo contrario de lo que es y es evidentemente, entonces se siente constreñido a callarse y no llamar a las cosas por su nombre, se ve como obligado a tomar parte en la representación, y ponerse a admirar los bellos vestidos del rey que de hecho se pasea completamente desnudo. Porque hay un innegable temor a pasar por loco o por malvado, o incluso a ser en el fondo un loco y un malvado. Entonces la única manera de poder callarse y no escandalizar a todos esos que mienten o que representan es sospechar de uno y poner en tela de juicio la propia cordura o la propia honestidad. No puedo de verdad estar viendo lo que veo...así que mi demencia o mi maldad lo fingen.
De manera que, callarse por no poner de manifiesto la desnudez del rey que nada tendría de rey, sino todo lo contrario, conduce inexorablemente a la verdadera enfermedad, o sea, a perderse, a enajenarse.
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